¿A dónde me lleva?
A veces cerca, otras demasiado lejos. Corro, camino, me pierdo, lo pierdo. Por momentos, estiro las manos y siento que puedo rozarlo. Sin embargo... ¿Llegaré a alcanzarlo?
A veces...
A veces abro los ojos y soy una niña pequeña. Después me doy cuenta que, en realidad, estaba soñando, y soy una vieja de cara arrugada y manos pecosas. Sin embargo, vuelvo a despertarme y soy una mujer joven. Para, luego, mirarme en el espejo y recordar que tengo la incómoda edad de siete años y medio.
¿Quién es la que está del otro lado y se ríe cuando me río, abre la boca cuando grito y levanta sus manos junto conmigo?
Una pregunta.
Los rayos del sol atraviesan con suavidad las ramas y las hojas. Todo se vé anaranjado y cálido. Sin embargo... ¿qué es eso que nubla mis ojos?
De pronto, hay humo a mi alrededor. ¿Se estará quemando algo? Aunque, todo parece tan tranquilo.
Una cabaña, entonces, surge ante mis ojos. De allí viene el humo, como una serpiente gigante, sale zigzaguenado por la chimenea.
Me acerco y espío por la ventana. Adentro todo está oscuro y, por lo que se alcanza a ver, terriblemente desordenado, como si hubieran estado luchando, arrojándose cosas por la cabeza, cayendo sobre los muebles.
No me gusta ese lugar. De todas formas, golpeo suavemente la puerta. Tal vez me puedan decir donde estoy y hacia donde debo ir.
Una voz áspera y grave se escucha del otro lado.
"¿Quién es?", pregunta.
Digo un nombre que recuerdo como el mío.
"No quiero saber tu nombre, quiero saber quién eres", me responde.
No debería ser algo difícil de contestar. Sin embargo, me quedo en silencio.
Cualquier lugar.
Me alejé un poco, hacia el laberinto de troncos. A pesar de su tétrica apariencia, algo me llamaba desde su interior. Las hojas crujieron bajo mis pies, el olor a humedad invadió mis pulmones y la tibieza del sol, poco a poco, comenzó a desaparecer.
Escuché la voz de él, me llamaba. Ya no podía verlo, su imagen había quedado detrás de la muralla de verdes, grises y marrones. También los sonidos comenzaban a perderse, solo mis pasos pisoteando las hojas podridas, un ruido casi imperceptible, y el crujir de las ramas abrazándose unas a otras.
"No puedo volver", pensé. Estaba muy bien allí, y, además, ya había olvidado el camino de regreso.
Avancé sin prisa y sin conocimiento de a dónde me llevarían mis pasos. Pero sabiendo que cualquier lugar, iba a ser el correcto.
Después, el mar.
Pensé en el mar y, cuando abrí los ojos, ahí estaba, frente a mí. Inmenso, invencible, imparable.
La playa parecía desierta, probablemente el viento frío. Sin embargo, pronto me dí cuenta que no me encontraba sola; a mis espaldas, podía sentir su respiración.
"Dicen que en invierno, la temperatura del mar es más alta", le dije sin volverme.
No contestó, pero pude escuchar un leve chasquido de pisadas.
Yo también empecé a caminar. Mis pies se hundían, era necesario esforzarse para llegar a la orilla. Viento y arena.
Nos detuvimos en el límite, donde el suelo se endurecía y las pisadas dejaban escapar la humedad. Las olas eran gigantes luchando una batalla perdida y sin sentido.
Cerré los ojos, solamente escuchaba los rugidos de la pelea. Tenía frío.
El chillido de un pájaro, haciéndole frente al viento, me sobresaltó. Escuché también sus pasos alejándose.
Quedé allí un momento más, mis ojos fijos en un horizonte que no existe, y luego emprendí la retirada.
Él ya estaba dentro del auto, mirando sin mirar a través de los vidrios sucios.
Subí en silencio.
Dicen que en invierno, la temperatura del mar es más alta.
La playa parecía desierta, probablemente el viento frío. Sin embargo, pronto me dí cuenta que no me encontraba sola; a mis espaldas, podía sentir su respiración.
"Dicen que en invierno, la temperatura del mar es más alta", le dije sin volverme.
No contestó, pero pude escuchar un leve chasquido de pisadas.
Yo también empecé a caminar. Mis pies se hundían, era necesario esforzarse para llegar a la orilla. Viento y arena.
Nos detuvimos en el límite, donde el suelo se endurecía y las pisadas dejaban escapar la humedad. Las olas eran gigantes luchando una batalla perdida y sin sentido.
Cerré los ojos, solamente escuchaba los rugidos de la pelea. Tenía frío.
El chillido de un pájaro, haciéndole frente al viento, me sobresaltó. Escuché también sus pasos alejándose.
Quedé allí un momento más, mis ojos fijos en un horizonte que no existe, y luego emprendí la retirada.
Él ya estaba dentro del auto, mirando sin mirar a través de los vidrios sucios.
Subí en silencio.
Dicen que en invierno, la temperatura del mar es más alta.
Y entonces...
...para comprender, que, en realidad, todo es un sueño.
Incluso este momento.
Aunque comience a gritar. Nada cambia.
Cierro los ojos, y escucho mi voz partiendo el aire...
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