Me alejé un poco, hacia el laberinto de troncos. A pesar de su tétrica apariencia, algo me llamaba desde su interior. Las hojas crujieron bajo mis pies, el olor a humedad invadió mis pulmones y la tibieza del sol, poco a poco, comenzó a desaparecer.
Escuché la voz de él, me llamaba. Ya no podía verlo, su imagen había quedado detrás de la muralla de verdes, grises y marrones. También los sonidos comenzaban a perderse, solo mis pasos pisoteando las hojas podridas, un ruido casi imperceptible, y el crujir de las ramas abrazándose unas a otras.
"No puedo volver", pensé. Estaba muy bien allí, y, además, ya había olvidado el camino de regreso.
Avancé sin prisa y sin conocimiento de a dónde me llevarían mis pasos. Pero sabiendo que cualquier lugar, iba a ser el correcto.
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