¿A dónde me lleva?

A veces cerca, otras demasiado lejos. Corro, camino, me pierdo, lo pierdo. Por momentos, estiro las manos y siento que puedo rozarlo. Sin embargo... ¿Llegaré a alcanzarlo?

No se trataba de dejar atrás cosas que importaban o aferrarse hasta que las uñas sangraran de los pedazos caídos; de dejarse llevar por la marea o arrastrarse contra la corriente; de levantarse para luego caer.
Se trataba, simplemente, de cerrar los ojos y sentir el viento en la cara. De quedar desnuda, a solas bajo la luz de la luna. De gritar sin miedo. De correr y volar.
Pero él no lo entendía. Ellos no lo entendian.
La miraron con lástima, tal vez con rencor. O, simplemente, dieron vuelta la cara y siguieron con la misma rutina de siempre.
"Afuera hay un mar que me mojará los pies", pensó entonces ella.
Y solamente ese presagio, la llenó de fuerzas y la hizo sonreír.

Papá

Puede ser un extraño papá. Ella lo mira en silencio y trata de imaginar como es que se verá el mundo a través de esos ojos tan azules. Después piensa que él no sirve para traer el desayuno a la cama. Que vuelva mamá de trabajar.
Otras veces es distinto. Las mañanas son luminosas, entra el sol por las persianas y se siente tibio, y da gusto levantarse. Aunque mamá no esté. Se escuchan los ruidos de la calle, la chica que limpia barriendo los pisos, y los pájaros. Papá lee sentado en el sillón. Ella se asoma y lo espía. Entonces juegan. Él finge no verla mientras pasa las hojas y ella se va acercando. Ahora se debe hacer el sorprendido. Si la sienta en la falda, tal vez le cuente una historia. Si no, probablemente le diga que camine diez vueltas en puntas de pie alrededor de la alfombra del living. Ella le obedece y pasea mirando las flores amarillas de su camisón.
Más tarde saldrán a caminar, y papá le va a comprar un payaso que cuelga en la pared de una juguetería. Ella le muerde la naríz de goma y se da cuenta que no sabe a qué jugar con un payaso. Mientras tanto, él se agacha sobre la cuna de la hermana y le canta en francés.
Papá se ríe finito, tiene bigote y lee todo el tiempo. Hasta que el libro se cae de sus manos y queda abierto sobre la alfombra del piso. Ella se esconde. Quiere que todo sea mentira, como en sus juegos. Pero sabe que no. Papá está muerto.

A veces...


A veces abro los ojos y soy una niña pequeña. Después me doy cuenta que, en realidad, estaba soñando, y soy una vieja de cara arrugada y manos pecosas. Sin embargo, vuelvo a despertarme y soy una mujer joven. Para, luego, mirarme en el espejo y recordar que tengo la incómoda edad de siete años y medio.
¿Quién es la que está del otro lado y se ríe cuando me río, abre la boca cuando grito y levanta sus manos junto conmigo?

Una pregunta.


Tal vez he vuelto a soñar.
Los rayos del sol atraviesan con suavidad las ramas y las hojas. Todo se vé anaranjado y cálido. Sin embargo... ¿qué es eso que nubla mis ojos?
De pronto, hay humo a mi alrededor. ¿Se estará quemando algo? Aunque, todo parece tan tranquilo.
Una cabaña, entonces, surge ante mis ojos. De allí viene el humo, como una serpiente gigante, sale zigzaguenado por la chimenea.
Me acerco y espío por la ventana. Adentro todo está oscuro y, por lo que se alcanza a ver, terriblemente desordenado, como si hubieran estado luchando, arrojándose cosas por la cabeza, cayendo sobre los muebles.
No me gusta ese lugar. De todas formas, golpeo suavemente la puerta. Tal vez me puedan decir  donde estoy y hacia donde debo ir.
Una voz áspera y grave se escucha del otro lado.
"¿Quién es?", pregunta.
Digo un nombre que recuerdo como el mío.
"No quiero saber tu nombre, quiero saber quién eres", me responde.
No debería ser algo difícil de contestar. Sin embargo, me quedo en silencio.

Cualquier lugar.


El auto detuvo su marcha, y yo descendí. Adelante y atrás, el camino gris e infinito; a mi izquierda, cruzando, un campo verde y liso; a la derecha, un bosque extraño, algo absurdo, que interrumpía de pronto el paisaje. El viento corría con fuerza, silbando su monótona melodía, movía las ramas y los árboles parecían fantasmas gigantes dando alguna advertencia. ¿Sobre qué?
Me alejé un poco, hacia el laberinto de troncos. A pesar de su tétrica apariencia, algo me llamaba desde su interior. Las hojas crujieron bajo mis pies, el olor a humedad invadió mis pulmones y la tibieza del sol, poco a poco, comenzó a desaparecer.
Escuché la voz de él, me llamaba. Ya no podía verlo, su imagen había quedado detrás de la muralla de verdes, grises y marrones. También los sonidos comenzaban a perderse, solo mis pasos pisoteando las hojas podridas, un ruido casi imperceptible, y el crujir de las ramas abrazándose unas a otras.
"No puedo volver", pensé. Estaba muy bien allí, y, además, ya había olvidado el camino de regreso.
Avancé sin prisa y sin conocimiento de a dónde me llevarían mis pasos. Pero sabiendo que cualquier lugar, iba a ser el correcto.

Después, el mar.

Pensé en el mar y, cuando abrí los ojos, ahí estaba, frente a mí. Inmenso, invencible, imparable.
La playa parecía desierta, probablemente el viento frío. Sin embargo, pronto me dí cuenta que no me encontraba sola; a mis espaldas, podía sentir su respiración.
"Dicen que en invierno, la temperatura del mar es más alta", le dije sin volverme.
No contestó, pero pude escuchar un leve chasquido de pisadas.
Yo también empecé a caminar. Mis pies se hundían, era necesario esforzarse para llegar a la orilla. Viento y arena.
Nos detuvimos en el límite, donde el suelo se endurecía y las pisadas dejaban escapar la humedad. Las olas eran gigantes luchando una batalla perdida y sin sentido.
Cerré los ojos, solamente escuchaba los rugidos de la pelea. Tenía frío.
El chillido de un pájaro, haciéndole frente al viento, me sobresaltó. Escuché también sus pasos alejándose.
Quedé allí un momento más, mis ojos fijos en un horizonte que no existe, y luego emprendí la retirada.
Él ya estaba dentro del auto, mirando sin mirar a través de los vidrios sucios.
Subí en silencio.
Dicen que en invierno, la temperatura del mar es más alta.

Y entonces...


Y, entonces, despertar...
...para comprender, que, en realidad, todo es un sueño.
Incluso este momento.
Aunque comience a gritar. Nada cambia.
Cierro los ojos, y escucho mi voz partiendo el aire...

Lágrimas.

Una llave que no sirve, puertas que no me llevan a ningún lado porque no puedo abrirlas...
Dormí y soñé con un jardín hermoso del otro lado, césped verde, flores de colores, fuentes con angelitos y caminos infinitos de piedras coloradas. En mi sueño miraba el jardín desde una ventana o algo así; quería estar allí, pero no podía, a veces era demasiado pequeña, otras, muy grande. Cuando desperté, estaba llorando. Añoraba el lugar de mi sueño, a pesar de que nunca había estado realmente allí. ¿Podía extrañar un lugar desconocido?, ¿podía sentir necesidad de algo que no había tenido?
Las lágrimas caen por mi cara, resbalan por mi cuello, mojan mi vestido.
Quisiera saber a dónde ir, pero estoy encerrada y no encuentro escapatoria.
Cierro los ojos y me recuesto en la alfombra. No es suave y raspa, pero no me importa.
Las lágrimas dibujan manchas oscuras sobre ella.

Mil puertas y una llave que no sirve para nada.


Es extraño. Cuando doblo esa esquina, de golpe finaliza el camino. Al menos tal como estaba hasta este momento. En lugar de árboles, hojas caídas y huellas en la tierra, encuentro un montón de puertas frente a mí. Y a los costados, y detrás. Todas diferentes, cada una con su forma y color. ¿A dónde llevarán? Las miro con detenimiento. ¿Deberé abrir alguna de ellas?, ¿o será mejor que me quede aquí, esperando? No lo creo, este lugar no parece brindar otra opción que salir por alguna de esas puertas, no hay sillas ni bancos para sentarse, nada para mirar o entretenerse. Tal vez deba elegir una, pero, ¿cual? ¿Aquella pintada de rosa brillante, con el picaporte dorado?, ¿o la de madera oscura y pesada, con un llamador pequeño en forma de mano? Todas esas opciones son demasiadas.
Empiezo a contarlas, pero termino por cansarme. Debo elegir una de ellas. Pero, ¿y si me equivoco?, ¿qué pasa cuando se abre la puerta equivocada?, ¿habrá marcha atrás? Tal vez no pueda volver hacia donde estaba antes para continuar buscando la correcta y me quede encerrada en un lugar que no corresponde, que podría ser horrible, lleno de cosas amenazantes. Sin embargo, es probable, también, que no exista tal cosa como una puerta correcta, y que todas lo sean... O todas sean la equivocada.
Me acerco hasta la que está pintada de azul, un azul gastado, viejo, desteñido. Es una puerta triste, pero, a la vez, hermosa. Está un poco descuidada, en algunos lugares la pintura está saltada y se adivinan las gruesas vetas de la madera oscura. No tiene picaporte, sino una gruesa traba de hierro que se hunde en el marco. Es pesada, pero, al fin, logro moverla e intento abrirla. Imposible, la hoja no se mueve. Debe estar cerrada con llave.
Pruebo con otra, y otra, y otra. Todas están trabadas.
Me arrodillo en el medio del salón. Realmente, me siento frustrada. ¿Voy a tener que quedarme aquí encerrada?
Las arañas enormes que cuelgan del techo iluminan todo con fuerza. Vuelvo a mirar a mi alrededor, entonces descubro algo que no había visto antes. Una mesa de cristal, casi transparente. Sobre ella, una pequeña llave.
Me acerco y la levanto. Es tan chiquita que apenas puedo sostenerla y, cuando intento usarla, queda bailando dentro de cada cerradura.
Pateo el suelo con fastidio. ¿Para qué me han dado esta llave que no sirve para nada?
Ahora sí que no tengo salida.

Más allá.


La caída no fue tan terrible. Abajo había un colchón de hojas secas que se desparramaron y saltaron a mi alrededor. Miles de pájaros de papel volando, enredándose en mi pelo, acariciando mi cara; crujían también bajo mi peso.
Allá estaba él, más lejos, corriendo por un camino oscuro, olvidado, o, tal vez, todavía no descubierto, virgen e inexplorado. "Tarde", repetía, "llego tarde".
Le grité con fuerzas antes de levantarme, pero se hizo el que no me escuchaba. Levantó sus orejas un momento y siguió su camino.
Corrí tras él. Mis pasos sonaban en el suelo de tierra, el polvo se levantaba y manchaba de oscuro el borde de mis pantalones.
Más allá, el camino se perdía en la inmensidad de un bosque y doblaba a la derecha en un túnel de árboles.
¿Qué habría más allá?
Ya no lo veía. Pero intuía que estaba allí, agazapado, esperando mi llegada.

Burbuja.


Realmente estoy flotando, no se vuela el pelo, tampoco la pollera... si es que tuviera una puesta, generalmente llevo pantalones, son más cómodos a la hora de saltar un charco o de trepar una escalera. Soy una burbuja en leve descenso.
Ha vuelto la oscuridad, por más que abra los ojos o los cierre, todo es lo mismo. ¿Estaré despierta o esto será un sueño? Si es así, si estoy dormida, no es extraño entonces que vaya cayendo por este pozo como si pudiera volar, en los sueños a veces vuelo. También suelo correr y correr sin llegar a ninguna parte.
¿Y él? ¿Estará viajando junto a mí ahora también? Debe ir un poco más abajo, tal vez si me esfuerzo, si trato de caer más rápido o nadar hacia el fondo, como si fuera un foso submarino, podría alcanzarlo. ¿Y qué le diría, entonces? Tengo tantas cosas para preguntarle; pero, probablemente, estiraría mi mano para acariciar su peluda piel blanca y jugaría con sus orejas mullidas.
¿Hacia dónde vamos? ¿Terminará esta caída alguna vez? ¿Cuántos kilómetros habré bajado ya?
Si salgo bien de semejante porrazo, ya no será nada responder preguntas difíciles en una entrevista...
Algo se ve más allá. Tal vez sea ese gato volador que caza murciélagos. O el gato volador que casa murciélagos.
¿Se casan de blanco las chicas buenas?, ¿o cazan su blanco y hasta que la muerte... las chicas buenas?

La chica que cae en un pozo infinito.


De pronto el suelo desaparece bajo mis pies. Quiero asirme a algo, lo que sea, pero mis manos encuentran la nada, y, aunque desesperadamente trato de buscar, todo es oscuridad a mi alrededor. Y arriba. Y abajo. En todos lados.
Así estoy, y me doy cuenta que no caigo, es como si flotara y lentamente me dirigiera hacia..., ¿donde? Ahora, mis ojos acostumbrados a la poca luz, ven estantes prolijamente alineados a lo largo de las paredes del túnel. Hay mil cosas sobre los ellos, no me atrevo a tocarlas, hasta que, al fin, recojo el frasco vacío, menos mal que no me gusta la mermelada de naranja. Si fuera una chica mala, lo dejaría caer para que se estrelle contra lo que sea que haya abajo. ¿Funcionarán para el frasco las leyes de la gravedad? No me atrevo a averiguarlo, soy una chica buena. Lo dejo en cualquier lado, pensando que pronto va a venir alguien a llamarme la atención por desordenada. Un dedo acusador sobre mi cabeza, "lo que se saca se guarda en el mismo lugar". Pero, de todas formas, no podría hacerlo.
Pienso en el conejo blanco corriendo por la madriguera. Creo haberlo visto, no estoy muy segura. Sin embargo, yo me he largado por su culpa en esta aventura. No, no es por su culpa, fui yo quien decidió seguirlo...
¿Se hace tarde?
¿Tarde para qué?