¿A dónde me lleva?

A veces cerca, otras demasiado lejos. Corro, camino, me pierdo, lo pierdo. Por momentos, estiro las manos y siento que puedo rozarlo. Sin embargo... ¿Llegaré a alcanzarlo?

Lágrimas.

Una llave que no sirve, puertas que no me llevan a ningún lado porque no puedo abrirlas...
Dormí y soñé con un jardín hermoso del otro lado, césped verde, flores de colores, fuentes con angelitos y caminos infinitos de piedras coloradas. En mi sueño miraba el jardín desde una ventana o algo así; quería estar allí, pero no podía, a veces era demasiado pequeña, otras, muy grande. Cuando desperté, estaba llorando. Añoraba el lugar de mi sueño, a pesar de que nunca había estado realmente allí. ¿Podía extrañar un lugar desconocido?, ¿podía sentir necesidad de algo que no había tenido?
Las lágrimas caen por mi cara, resbalan por mi cuello, mojan mi vestido.
Quisiera saber a dónde ir, pero estoy encerrada y no encuentro escapatoria.
Cierro los ojos y me recuesto en la alfombra. No es suave y raspa, pero no me importa.
Las lágrimas dibujan manchas oscuras sobre ella.

Mil puertas y una llave que no sirve para nada.


Es extraño. Cuando doblo esa esquina, de golpe finaliza el camino. Al menos tal como estaba hasta este momento. En lugar de árboles, hojas caídas y huellas en la tierra, encuentro un montón de puertas frente a mí. Y a los costados, y detrás. Todas diferentes, cada una con su forma y color. ¿A dónde llevarán? Las miro con detenimiento. ¿Deberé abrir alguna de ellas?, ¿o será mejor que me quede aquí, esperando? No lo creo, este lugar no parece brindar otra opción que salir por alguna de esas puertas, no hay sillas ni bancos para sentarse, nada para mirar o entretenerse. Tal vez deba elegir una, pero, ¿cual? ¿Aquella pintada de rosa brillante, con el picaporte dorado?, ¿o la de madera oscura y pesada, con un llamador pequeño en forma de mano? Todas esas opciones son demasiadas.
Empiezo a contarlas, pero termino por cansarme. Debo elegir una de ellas. Pero, ¿y si me equivoco?, ¿qué pasa cuando se abre la puerta equivocada?, ¿habrá marcha atrás? Tal vez no pueda volver hacia donde estaba antes para continuar buscando la correcta y me quede encerrada en un lugar que no corresponde, que podría ser horrible, lleno de cosas amenazantes. Sin embargo, es probable, también, que no exista tal cosa como una puerta correcta, y que todas lo sean... O todas sean la equivocada.
Me acerco hasta la que está pintada de azul, un azul gastado, viejo, desteñido. Es una puerta triste, pero, a la vez, hermosa. Está un poco descuidada, en algunos lugares la pintura está saltada y se adivinan las gruesas vetas de la madera oscura. No tiene picaporte, sino una gruesa traba de hierro que se hunde en el marco. Es pesada, pero, al fin, logro moverla e intento abrirla. Imposible, la hoja no se mueve. Debe estar cerrada con llave.
Pruebo con otra, y otra, y otra. Todas están trabadas.
Me arrodillo en el medio del salón. Realmente, me siento frustrada. ¿Voy a tener que quedarme aquí encerrada?
Las arañas enormes que cuelgan del techo iluminan todo con fuerza. Vuelvo a mirar a mi alrededor, entonces descubro algo que no había visto antes. Una mesa de cristal, casi transparente. Sobre ella, una pequeña llave.
Me acerco y la levanto. Es tan chiquita que apenas puedo sostenerla y, cuando intento usarla, queda bailando dentro de cada cerradura.
Pateo el suelo con fastidio. ¿Para qué me han dado esta llave que no sirve para nada?
Ahora sí que no tengo salida.

Más allá.


La caída no fue tan terrible. Abajo había un colchón de hojas secas que se desparramaron y saltaron a mi alrededor. Miles de pájaros de papel volando, enredándose en mi pelo, acariciando mi cara; crujían también bajo mi peso.
Allá estaba él, más lejos, corriendo por un camino oscuro, olvidado, o, tal vez, todavía no descubierto, virgen e inexplorado. "Tarde", repetía, "llego tarde".
Le grité con fuerzas antes de levantarme, pero se hizo el que no me escuchaba. Levantó sus orejas un momento y siguió su camino.
Corrí tras él. Mis pasos sonaban en el suelo de tierra, el polvo se levantaba y manchaba de oscuro el borde de mis pantalones.
Más allá, el camino se perdía en la inmensidad de un bosque y doblaba a la derecha en un túnel de árboles.
¿Qué habría más allá?
Ya no lo veía. Pero intuía que estaba allí, agazapado, esperando mi llegada.

Burbuja.


Realmente estoy flotando, no se vuela el pelo, tampoco la pollera... si es que tuviera una puesta, generalmente llevo pantalones, son más cómodos a la hora de saltar un charco o de trepar una escalera. Soy una burbuja en leve descenso.
Ha vuelto la oscuridad, por más que abra los ojos o los cierre, todo es lo mismo. ¿Estaré despierta o esto será un sueño? Si es así, si estoy dormida, no es extraño entonces que vaya cayendo por este pozo como si pudiera volar, en los sueños a veces vuelo. También suelo correr y correr sin llegar a ninguna parte.
¿Y él? ¿Estará viajando junto a mí ahora también? Debe ir un poco más abajo, tal vez si me esfuerzo, si trato de caer más rápido o nadar hacia el fondo, como si fuera un foso submarino, podría alcanzarlo. ¿Y qué le diría, entonces? Tengo tantas cosas para preguntarle; pero, probablemente, estiraría mi mano para acariciar su peluda piel blanca y jugaría con sus orejas mullidas.
¿Hacia dónde vamos? ¿Terminará esta caída alguna vez? ¿Cuántos kilómetros habré bajado ya?
Si salgo bien de semejante porrazo, ya no será nada responder preguntas difíciles en una entrevista...
Algo se ve más allá. Tal vez sea ese gato volador que caza murciélagos. O el gato volador que casa murciélagos.
¿Se casan de blanco las chicas buenas?, ¿o cazan su blanco y hasta que la muerte... las chicas buenas?

La chica que cae en un pozo infinito.


De pronto el suelo desaparece bajo mis pies. Quiero asirme a algo, lo que sea, pero mis manos encuentran la nada, y, aunque desesperadamente trato de buscar, todo es oscuridad a mi alrededor. Y arriba. Y abajo. En todos lados.
Así estoy, y me doy cuenta que no caigo, es como si flotara y lentamente me dirigiera hacia..., ¿donde? Ahora, mis ojos acostumbrados a la poca luz, ven estantes prolijamente alineados a lo largo de las paredes del túnel. Hay mil cosas sobre los ellos, no me atrevo a tocarlas, hasta que, al fin, recojo el frasco vacío, menos mal que no me gusta la mermelada de naranja. Si fuera una chica mala, lo dejaría caer para que se estrelle contra lo que sea que haya abajo. ¿Funcionarán para el frasco las leyes de la gravedad? No me atrevo a averiguarlo, soy una chica buena. Lo dejo en cualquier lado, pensando que pronto va a venir alguien a llamarme la atención por desordenada. Un dedo acusador sobre mi cabeza, "lo que se saca se guarda en el mismo lugar". Pero, de todas formas, no podría hacerlo.
Pienso en el conejo blanco corriendo por la madriguera. Creo haberlo visto, no estoy muy segura. Sin embargo, yo me he largado por su culpa en esta aventura. No, no es por su culpa, fui yo quien decidió seguirlo...
¿Se hace tarde?
¿Tarde para qué?