No se trataba de dejar atrás cosas que importaban o aferrarse hasta que las uñas sangraran de los pedazos caídos; de dejarse llevar por la marea o arrastrarse contra la corriente; de levantarse para luego caer.
Se trataba, simplemente, de cerrar los ojos y sentir el viento en la cara. De quedar desnuda, a solas bajo la luz de la luna. De gritar sin miedo. De correr y volar.
Pero él no lo entendía. Ellos no lo entendian.
La miraron con lástima, tal vez con rencor. O, simplemente, dieron vuelta la cara y siguieron con la misma rutina de siempre.
"Afuera hay un mar que me mojará los pies", pensó entonces ella.
Y solamente ese presagio, la llenó de fuerzas y la hizo sonreír.

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