¿A dónde me lleva?

A veces cerca, otras demasiado lejos. Corro, camino, me pierdo, lo pierdo. Por momentos, estiro las manos y siento que puedo rozarlo. Sin embargo... ¿Llegaré a alcanzarlo?

Mil puertas y una llave que no sirve para nada.


Es extraño. Cuando doblo esa esquina, de golpe finaliza el camino. Al menos tal como estaba hasta este momento. En lugar de árboles, hojas caídas y huellas en la tierra, encuentro un montón de puertas frente a mí. Y a los costados, y detrás. Todas diferentes, cada una con su forma y color. ¿A dónde llevarán? Las miro con detenimiento. ¿Deberé abrir alguna de ellas?, ¿o será mejor que me quede aquí, esperando? No lo creo, este lugar no parece brindar otra opción que salir por alguna de esas puertas, no hay sillas ni bancos para sentarse, nada para mirar o entretenerse. Tal vez deba elegir una, pero, ¿cual? ¿Aquella pintada de rosa brillante, con el picaporte dorado?, ¿o la de madera oscura y pesada, con un llamador pequeño en forma de mano? Todas esas opciones son demasiadas.
Empiezo a contarlas, pero termino por cansarme. Debo elegir una de ellas. Pero, ¿y si me equivoco?, ¿qué pasa cuando se abre la puerta equivocada?, ¿habrá marcha atrás? Tal vez no pueda volver hacia donde estaba antes para continuar buscando la correcta y me quede encerrada en un lugar que no corresponde, que podría ser horrible, lleno de cosas amenazantes. Sin embargo, es probable, también, que no exista tal cosa como una puerta correcta, y que todas lo sean... O todas sean la equivocada.
Me acerco hasta la que está pintada de azul, un azul gastado, viejo, desteñido. Es una puerta triste, pero, a la vez, hermosa. Está un poco descuidada, en algunos lugares la pintura está saltada y se adivinan las gruesas vetas de la madera oscura. No tiene picaporte, sino una gruesa traba de hierro que se hunde en el marco. Es pesada, pero, al fin, logro moverla e intento abrirla. Imposible, la hoja no se mueve. Debe estar cerrada con llave.
Pruebo con otra, y otra, y otra. Todas están trabadas.
Me arrodillo en el medio del salón. Realmente, me siento frustrada. ¿Voy a tener que quedarme aquí encerrada?
Las arañas enormes que cuelgan del techo iluminan todo con fuerza. Vuelvo a mirar a mi alrededor, entonces descubro algo que no había visto antes. Una mesa de cristal, casi transparente. Sobre ella, una pequeña llave.
Me acerco y la levanto. Es tan chiquita que apenas puedo sostenerla y, cuando intento usarla, queda bailando dentro de cada cerradura.
Pateo el suelo con fastidio. ¿Para qué me han dado esta llave que no sirve para nada?
Ahora sí que no tengo salida.

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