Allá estaba él, más lejos, corriendo por un camino oscuro, olvidado, o, tal vez, todavía no descubierto, virgen e inexplorado. "Tarde", repetía, "llego tarde".
Le grité con fuerzas antes de levantarme, pero se hizo el que no me escuchaba. Levantó sus orejas un momento y siguió su camino.
Corrí tras él. Mis pasos sonaban en el suelo de tierra, el polvo se levantaba y manchaba de oscuro el borde de mis pantalones.
Más allá, el camino se perdía en la inmensidad de un bosque y doblaba a la derecha en un túnel de árboles.
¿Qué habría más allá?
Ya no lo veía. Pero intuía que estaba allí, agazapado, esperando mi llegada.
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